Cuando somos adultos, nos tratamos a nosotros mismos tal y como nuestros padres nos trataron durante los años de nuestra infancia.
Nos regañamos y nos castigamos de la misma manera que lo hacían ellos.
También nos amamos y nos animamos de la misma forma, si cuando éramos pequeños ellos nos amaban y nos animaban.
Nuestros padres también fueron tratados de esa misma manera por sus propios padres.
Nos han transmitido lo que ellos mismos recibieron en su infancia.
Todos transmitimos los patrones de comportamiento que hemos heredado de nuestros progenitores. Los transmitimos de generación en generación, sin ser conscientes de ello.
Pero cualquiera de nosotros puede romper la cadena, si nos volvemos conscientes. Al descubrir esos patrones que tanto condicionan nuestra vida, dejamos de sufrir por ellos y dejamos también de transmitírselos a nuestros hijos.